
No poder escribir es una verdadera pesadilla. Uno se sienta delante de las hojas en blanco y pasea la pluma o el lápiz esperando a que las ideas lleguen… no sólo es delirante la espera de esta inspiración sino que es horrible el esperar sin ningún resultado.
¿Han tratado de dar un beso a alguien y esta persona los ha esquivado? Así se siente no poder escribir, es un rechazo de una “persona importante”. Uno se siente como hueco y empieza a perder el interés por las otras cosas, a ver el entorno con una apatía que lo enoja a uno mismo, porque parece que tenemos control de lo que queremos y nos gusta hacer, o por lo menos eso es lo que nos gusta creer. Pero… no es cierto.
No poder escribir se reduce a que uno pierde el “sentir”. Las ideas a veces bailan en el borde de nuestros dedos, burlándose de nosotros y tentándonos a capturarlas pero, es en estos momentos cuando nuestras manos se bañan de una especie de mantequilla o sustancia que hace las ideas resbalosas. Como jabón.
Te sientes triste, alegre, nostálgico, emocionado, esperanzado, excitado, trastornado, acomplejado y un montón de sentimientos brutales y dulces que te hacen estar vivo pero… te das cuenta de que solamente estás medio vivo porque: ¡¡No lo puedes escribir!!.
No poder escribir es como un pez que nace sin aletas y sin poder respirar bajo el agua. Te acercas a la música, a los libros, a la poesía, a la escultura, a la pintura… para tratar de inspirarte, para tratar de que ALGO te motive a agarrar una pluma y llenar de ALGO esas pinches hojas en blanco.
Porque uno encuentra la inspiración tanto en la vida común y rutinaria como en lo especial, lo espontáneo. También uno se siente extasiado por las ganas de escribir cuando ve una pintura, una escultura, un libro… personas, animales, movimientos, letreros o cualquier cosa.
Para el escritor no escribir es como si pudiera comer y esos alimentos no supieran a nada. Y es irónico como hablo de que no se puede escribir, escribiendo.
La escritura es caprichosa. Todo el arte es caprichoso.
La magia que lo hace existente convierte al arte en algo espontáneo y, sobre todo, algo que no tenemos seguro.
No poder escribir definitivamente es una pesadilla. Los lugares comienzan a perder colores, olores y sabores; las personas se tornan desagradables y comunes… las hojas en blanco hacen que uno se enferme del estómago, que sufre de revolturas y dolores.
No poder escribir hace que uno piense en lo que está haciendo, sobre todo cuando la escritura es no sólo un medio de desahogo o entretenimiento; se reacomodan los pensamientos porque escribir es una forma de vida, es una forma de pensamiento, un tipo de personalidad… una visión distinta del mundo.
La forma en cómo la escritura vuelve es tan misteriosa y mística como la forma en que se va… uno puede encontrarla y traerla de regreso gracias a un sinfín de cosas, desde la más pequeña o insignificante (que en este caso, tiene un grandísimo significado) hasta una situación gigantesca. O solamente una platica sincera con la persona más importante para uno.
¿Han tratado de dar un beso a alguien y esta persona los ha esquivado? Así se siente no poder escribir, es un rechazo de una “persona importante”. Uno se siente como hueco y empieza a perder el interés por las otras cosas, a ver el entorno con una apatía que lo enoja a uno mismo, porque parece que tenemos control de lo que queremos y nos gusta hacer, o por lo menos eso es lo que nos gusta creer. Pero… no es cierto.
No poder escribir se reduce a que uno pierde el “sentir”. Las ideas a veces bailan en el borde de nuestros dedos, burlándose de nosotros y tentándonos a capturarlas pero, es en estos momentos cuando nuestras manos se bañan de una especie de mantequilla o sustancia que hace las ideas resbalosas. Como jabón.
Te sientes triste, alegre, nostálgico, emocionado, esperanzado, excitado, trastornado, acomplejado y un montón de sentimientos brutales y dulces que te hacen estar vivo pero… te das cuenta de que solamente estás medio vivo porque: ¡¡No lo puedes escribir!!.
No poder escribir es como un pez que nace sin aletas y sin poder respirar bajo el agua. Te acercas a la música, a los libros, a la poesía, a la escultura, a la pintura… para tratar de inspirarte, para tratar de que ALGO te motive a agarrar una pluma y llenar de ALGO esas pinches hojas en blanco.
Porque uno encuentra la inspiración tanto en la vida común y rutinaria como en lo especial, lo espontáneo. También uno se siente extasiado por las ganas de escribir cuando ve una pintura, una escultura, un libro… personas, animales, movimientos, letreros o cualquier cosa.
Para el escritor no escribir es como si pudiera comer y esos alimentos no supieran a nada. Y es irónico como hablo de que no se puede escribir, escribiendo.
La escritura es caprichosa. Todo el arte es caprichoso.
La magia que lo hace existente convierte al arte en algo espontáneo y, sobre todo, algo que no tenemos seguro.
No poder escribir definitivamente es una pesadilla. Los lugares comienzan a perder colores, olores y sabores; las personas se tornan desagradables y comunes… las hojas en blanco hacen que uno se enferme del estómago, que sufre de revolturas y dolores.
No poder escribir hace que uno piense en lo que está haciendo, sobre todo cuando la escritura es no sólo un medio de desahogo o entretenimiento; se reacomodan los pensamientos porque escribir es una forma de vida, es una forma de pensamiento, un tipo de personalidad… una visión distinta del mundo.
La forma en cómo la escritura vuelve es tan misteriosa y mística como la forma en que se va… uno puede encontrarla y traerla de regreso gracias a un sinfín de cosas, desde la más pequeña o insignificante (que en este caso, tiene un grandísimo significado) hasta una situación gigantesca. O solamente una platica sincera con la persona más importante para uno.
Ivonne B. Mancera
